EL PROFETISMO GRIEGO Y LA TRAGEDIA

Se encienden al mismo tiempo, sobre todo el Asia, profetas como las estrellas del cielo.  Resulta seductor deducir de esta contemporaneidad -a qué negarlo- una conexión íntima.  Para ello habría diversas posibilidades.  Bien el impulso de colocar la vida sobre la decisión religiosa podría haber nacido en uno o en muy pocos puntos; entonces las religiones, que en la época siguiente se han influido mutuamente, serían irradiaciones de un foco infinitamente fuerte.  O bien se podría tener el atrevido pensamiento de que en una determinada hora del universo las fuerzas de la profecía se desbordan sobre continentes enteros.  La idea de que pasan por la tierra oleadas de espiritualidad guerrera, oleadas de adormecimiento del estado o, también, oleadas de intensidad religiosa sobre la humanidad y a la vez a través del mundo, quizá no es tan tácita como puede parecer a una mente que está fuera de toda conexión causal histórica.  Pero si uno se esfuerza en imaginar con buenas razones (con razones europeas), la realidad histórica como conexión de fuerzas, no se tiene ningún derecho a utilizar a capricho, ni por una vez, fórmulas geopsíquicas totales y a adquirir sentido de la historia universal a costa de las conexiones causales concretas, incluso cuando tales conexiones no hayan podido hasta el momento más que ser presentidas por aproximación.
Por lo demás, en relación con el profetismo del siglo VI, tan extendido, se ha conseguido hoy algo por este camino, y se puede esperar alcanzar algo más con el tiempo.  La investigación ha comenzado a descubrir conexiones reales, provisionalmente asiáticas.  Para ello se ha partido en parte de las fuentes indias, ante todo de los Upanishadas; en parte, de los misterios iranios; en parte, de los focos del culto dionisíaco en Asia Menor. De todo ello poco es seguro, pero ya se encuentran en sus comienzos respuestas a modo de tentativa, y ya hay relaciones que pueden suponerse son un indicio que puede guiar hacia delante.  Por lo demás, para nosotros, que buscamos Europa, estas implicaciones de la historia universal son de gran interés, pero no lo esencial.
Tenemos que subrayar que el Dionisos griego, el Dionisos helenizado, y todo el movimiento profético en Grecia, con la misma certeza con que se relaciona con Asia, se distingue de todo lo asiatico, incluso también de los arios asiáticos.  Con la fuerza de un torbellino, el movimiento religioso se apoderó de la humanidad asiátia y de su destino, de su interior y de su exterior, para largo tiempo o para siempre.  Por la decisión de Yavéh, ante el que ellos lo pusieron, crearon los profetas del Antiguo Testamento al pueblo judío.  El grandioso dualismo de la religión de Mazda, que está al comienzo de la historia de Irán, y en cuya doctrina confiesa haberse educado Darío I, es, si es que es algo, el misterio del imperio persa, pero a su vez un de las razones íntimas para que su poder encontrara sus límites en Europa en cuanto ésta no se perdió a sí misma.  Los indios arios, desde muy pronto y sin ninguna reserva ni miramiento, se perdieron en su religión, y desde Bbuda lo están por completo. Confucio, quizá como ningún hombre e la historia universal, ha marcado para siempre a un país gigantesco entero, con efecto retroactivo, puesto que le dio una historia y predominando al determinar para milenios su forma de vida política y moral.
El movimiento dionisíaco en Grecia no ha de ser, por el contrario, apreciado precisamente como periferia,pero de todas maneras no arrastra a la humanidad griega desde su curso a otro nuevo, sino que, por el contrario, aquel movimiento es atraído a la forma de la helenidad.  Se convierte en resistencia esencial y en reverso del ser griego, que con ello no se entrega, sino que, en primer lugar, gana  Esto es tanto más notable cuanto que la fuerza plástica  del espíritu griego no estaba verdaderamente madurada cuando irrumpió la inundación.  Esta germinó primero; por eso precisamente era quizá su actitud para organizar el caos.  Pues se trataba de nada menos que de, al hacer los griegos a Dionisos, no figura olímpica, sino semifigura divina, se entregaran a su incontinencia, pero no se agotaran en ella.
El movimiento dionisíaco no tropezó en Greci con una iglesia organizada, por la cual hubiera sido excomulgado y con ello sublimado hasta ser decisión absoluta.  Tampoco se encontró con un clero codicioso de poder, como en épocas y religiones posteriores.  Por el contrario, se encuentra con una forma política y de vida que no está formada del todo, sino en formación, y que en los territorios más importantes se halla precisamente en las luchas decisivas interiores y exteriores, en las cuales se va fijando.  en los sinecismos, luchas de clases, legislaciones y guerras se forma la polis griega, se constituye el cosmos dorio, se forman las aristocracias y sus antagonistas, las cortes de tirano: un orden de vida extraordinariamente multiforme y, por tanto, de malla muy estrecha.  Los dioses se adaptan a los nuevos tiempos -como siempre han hecho.  También santuarios y oráculos lo hacen.
Todo lo que viene de Dionisos es para estos nuevos organismos políticos que se hallan en crecimiento, por de pronto, un peligro.  No ata, sino que disuelve; no busca la sagrada ley, sino el sacro delirio.  La sabiduría del dios délfico, sin embargo, ha reconocido en el veneno desorganizador el vitalizador efecto y ha aceptado conscientemente el ser dionisíaco en la helenidad.  Pero el resto, especialmente el orfismo, sigue siendo una secta, y así también encuentra un supuesto en el orden político de la vida.  Entre resto es como un plasma o una sensualidad que se queda en el fondo; informe, tampoco plástico activamente, pero gravitando en el organismo y como fuente constante de audacias e impulsos.
Con todo ello, desde luego, hemos dicho muy poco todavía del caso particular que es Grecia.  Lo esencial es más bien que ya la decisión, que se halló en el mismo Dionisos, es una decisión para Europa.  Y es que se ha llevado ya a Grecia muy cerca de la huida del mundo, la ascesis, la salvación.  Pero se ha mantenido sin pasar más allá, o, mejor dicho, pasa por estos cálidos y desgarradores pensamientos sin arder. Dionisos ha llevado a los creyentes mucho más fuertemente a la nostalgia de la muerte, al presentimiento de una felicidad subterránea, que todos los misterios de los dioses ctónicos, pero nunca al odio al cuerpo y a la enemistad con la tierra.  Hasta el mito de los castios en el infierno no era extraño al orfismo.  Pero ni el miedo al infierno ni la nostalgia de una bienaventuranza celestre influyeron tanto sobre la vida que dieran a ésta en conjunto un sentido trascendental.
La razón íntima de ello es que el profetismo griego se funda principalmente en Dioniso, agota y extiende su mito, amplía sus cultos y los hace más intensos.  En la sustancia religiosa de este dios está encerrado el misterio y, podría decirse, la paradoja del profetismo griego.  Dionisos es, sin duda, un dios extranjero, es sentido como extranjero y como extranjero influye en la vida cotidiana.  Pero toca cuerdas muy misteriosas del alma griega y saca de la mitad inferior del ser griego precisamente aquello que es contrapunto de la superior.  Dionisos es la elevación y el éxtasis, pero precisamente los que se remontan desde la sensualidad del cuerpo.  Es el reverso del luminoso mundo de la épica, pero el origen de la tragedia.  Él, el no griego, ha mantenido en el ser helénico el movimiento profético y lo ha utilizado para la creación griega.
En las fiestas dionisíacas urbanas, que fueron introducidas en Atenas en el año 540 a.C. se presentó Tespis por primera vez (534 a.C.).  Allí se dieron también lo siguientes pasos para la tragedia qu están unidos al nombre de Frínico.  Queda un difícil problema, el de cómo del culto del dios y de los muertos, del canto del macho cabrío y e juego e labriegos, surgió la tragedia, también ella culto, culto de los héroes y también acción sacra que conjuraba potencias reales.  Pero de todos modos no sólo el curso externo, sino también la íntima conexión demuestran que Dionisos, su magia transformadora y su poder sobre los vivos y los muertos fue la sustancia de la que procedió la obra maestra apolínea de la tragedia propiamente dicha.
También de los movimientos proféticos de las culturas asiáticas surgió en cada una un absoluto, es decir, la exigencia religiosa absoluta que le sale desde la eternidad al hombre al encuentro.  La imagen que surge del profetismo griego es la tragedia; todos los otros fenómenos de esencia dionisíaca son en realidad sólo plasma y fondo informe de la vida griega.  En el mismo momento universal en que los pueblos asiáticos adquieren la gravedad de la decisión religiosa, Grecia, más terrena y humana que aquéllos, adquiere la seriedad de la tragedia.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Me interesa mucho su opinión. Modero los comentarios exclusivamente para evitar contenidos inapropiados.