Pero Bizancio tuvo que contar hasta el final con las potencias eslavas, y también que luchar contra ellas, últimamente contra el gran imperio serbio de Stefan Dushan, por cantes de que ambos fueran devorados por la conquista osmanlí. Este frente se mantuvo sin ceder, incluso en los momentos de mayor debilidad. Frente al mundo eslavo, precisamente, con sus cambiantes formaciones políticas, hoy amenazadoras y mañana ruinosas, y al día siguiente, de nuevo, en disposición amistosa, desarrolló Bizancio un arte política que era magistral, y que en todo caso no tenía par en la Europa de entonces. Trató de no llegar nunca una aniquilación de raíz (el propio Basilio II, el Matador de Búlgaros, no lleva su nombre con plena justicia); Bizancio prefirió más bien dividir, limitar y oponer mutuamente. ¿Pero no es esto el arte político del Imperio, del poder mantenedor, de la potencia universal por excelencia? Las potencias universales no necesitan ser francas, valientes ni precisamente tercas; dejan estas virtudes para las potencias que han de levantarse, y el reproche de indecisión no les acomoda a ellas. Su forma de valor es esperar, dejar correr, contener; su terquedad es tener el aliento más largo. Bizancio supo oponer contra los enemigos no sólo sus propios ejércitos, sino los mismos enemigos de aquéllos y además el brillo del imperio y el poder de la cruz, que en todos hacían impresión. Y, además, naturalmente, núbiles princesas imperiales y hermanas del emperador. ¡Cuán a menudo lucharon serbios y croatas por Bizancio contra búlgaros por el emperador, contra rusos por los búlgaros, y así!

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