RENACIMIENTO Y FE (II): MIGUEL ÁNGEL

En su curso total, el siglo del Renacimiento no es un alejamiento del cristianismo, sino más bien un acercamiento hacia él.  Lo mismo que en el arte máselevado, en el humor vital y el sentimiento religioso, el siglo XVI, por encima del Renacimiento florentino, retrocede hacia el trecento: el siglo de la Reforma, la Contrarreforma, de las guerras de religión, hacia el siglo de Dante.  Los conceptos mecánicos del batir del péndulo o de la reacción no bastan de ninguna manera para comprender este proceso.  Tampoco el Renacimiento es un puro episodio; la profanidad que conquistó penetra como una corriente entera en la historia ulterior de la cristiandad occidental.  Sólo que hay que ver con los ojos que en el proceso de secularización la cruz no es objeto y resto que sobrevive, sino sujeto y fuerza que actúa.  Mientras que la antigüedad es siempre sólo el fermento que estimula el proceso, la cristiandad es la sustancia en la que aquél procede.  Incluso el paganismo, que en algunas almas grandes se convierte en realidad viva, es algo ganado con esfuerzo, y nada ingenuo.  Ello significa que la división del mundo en dos, la crucifixión de Dios, el pecado y la salvación han sido incluidos en la existencia terrenal.  También el ateo está debajo de la cruz.
El tercero entre los tres más grandes enseña eso de la manera más penetrante.  Su vida de noventa años es como una poderosa abrazadera que alcanza de los días de Lorenzo de Médicis hasta la época de la Contrarreforma iniciada.  Pero su obra se extiende como una poderosa abrazadera por todo el Occidente.  El mismo casi intemporal, no sólo pasa los límites de todo estilo, sino los mismos límites del arte. De esa otra manera que en el estado de no terminación apenas podría ello pensarse.
La pasión de Miguel Ángel por la antigüedad es desmesurada como todas sus pasiones.  Es como si él quisiera lograr el acercamiento y la belleza corporal del cuerpo humano, que a los griegos se les vino a las manos como un regalo, con el sacrificio de la salvación de su alma, arrancándola violentamente del mármol, conjurándola de la vacuidad de las superficies.  Por eso están esos cuerpos cargados con un exceso de alma.  Están cargados de sabiduría, de culpa, de angustia, de todo lo que pesa, y por ello perseguidos, como Miguel Ángel mismo.  El Jeremías de la Capilla Sixtina es en este sentido íntimo, casi un autorretrato: vidente lleno de divinidad y, sin embargo, solitario como es el destino del incrédulo.  Sólo los máximos objetos de la fe cristiana bastan como bosquejo a este arte tremendo, y son precisamente su parábola.  Un paso del Dios creador de mundos, un brazo extendido, un poderoso pensamiento, son suficientes para crear, salvar y condenar a las criaturas.

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