JAPON (II)

Espíritu europeo, ciencia y técnica europeas no sólo intervinieron en la ascensión del Japón a potencia mundial en el sentido de que porque se habían introducido entre tanto en toda la tierra habían contagiado también este espacio en cuanto apartó la empalizada que lo cerraba.  Sino que la europeización fue allí decisión y programa, uno de los más importantes puntos del programa del decreto con que el joven emperador Mutshuhito en el año 1868 inauguró el nuevo Japón.  Se importaron los remedios europeos, con ellos se armó la propia voluntad de poder, se aprendió con ansia, se observó con agudeza y se eligió libremente entre las posibilidades europeas; ejército prusiano y marina inglesa, banca americana, medicina y ciencias alemanas, jurisprudencia y administración francesa.
Pero todo este instrumental fue situado sobre una voluntad vital e incorporado a una voluntad vital que había sido bien acunada por una historia de dos mil años, y que en el mismo momento que se decidió por los nuevos medios de poder se apercibió de sí misma. A la renovación del imperio del Japón correspondió, a la vez que la recepción del armamento europeo, la vuelta consciente a la propia herencia: al viejo imperio y al código caballeresco del honor de los samurais, a Shinto y Budisho. Los europeos apenas podrán comprender del todo cómo se funden en unidad lo heredado y lo antiguo y lo recientemente tomado, la fe y la civilización, cual, por ejemplo, elementos culturales y prácticas que habían surgido sobre el campo de liberalismo se trasplantaron a un estado autoritario de carácter religioso.  Siempre estarán inseguros sobre lo que es arcaísmo y pervivencia activa, lo que es adorno y lo que es fuerza que ata.  Allí se desmostró, de modo concreto, que la técnica uede ser aceptada, pensada y hasta desarrollada idealmente, sin que se den los supuestos esenciales de sus invenciones.
Por lo que hace a sus orientaciones y objetivos, el imperialismo japonés no fue, en modo alguno, tan unitario como permite suponer la historia de sus éxitos desde 1875. La tendencia popular, acorde con el impulso migratorio de la raza hacia el Sur, estaba continuamente en conflicto con la voluntad y la necesidad de construirse una posición fuerte en el continente asiático  Este dualismo en la direcciones de expansión era a la vez un dualismo en el pueblo y en sus fuerzas políticas; de una parte, estaban los partidos liberales, el clan de la marina, los campesinos hambrientos de tierra; de la otra, el ejército, e poderoso clan Khoshu, la cámara alta, los políticos conservadores.  Lucha contra Rusia o modus vivendi con ella, ataque a las potencias marítimas anglosajonas o espaldas cubiertas por ellas, vecindad con China o agresión a su esfera de poder; todas estas decisiones oscilaban por debajo de la de ser potencia mundial, y en un caso y otro entraban en ella.  Incluso en el círculo de los Genro, mientras duró, se mantuvo la división, pero allí se convirtió en fecunda, o sea, en aquella tensión que cuidó de que el Japón en todas las constelaciones de la política universal se señalara objetivos, y pudiera cada decenio concentrarse en un gran ataque sin agotarse.
La expansión efectiva que por una parte logró Riu-Kiu, las islas Bonin y Vulcano, y las islas alemanas del Pacífico, y por otra parte conquistó Corea, hizo la guerra del ferrocarril por Manchuria, y, finalmente, impuso la creación del estado de Manchukuo, fue la síntesis de las dos direcciones y en absoluto de todos los esfuerzos de la voluntad japonesa de poder bajo las condiciones de lo posible y, a menudo, más allá de éstas.  En menos de dos generaciones, fue construido, en las más difíciles condiciones, es decir, en concurrencia con otras potencias mundiales que llevaban ventaja, un espacio de soberanía que contenía posibilidades para colonizar, valiosos depósitos de carbón y de mineral, bases y posiciones para ulteriores conquistas. Fue fatalidad de los últimos años que Japón abandonara el principio de los pasos uno a uno y los saltos de tigre, disparara a la vez hacia todos sus objetivos, y con ello volviera a ponerlo todo en juego.

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