El tercer imperialismo con medios europeos, pero de sustancia extraña, surgió en el último extremo de la gran masa continental, aproximadamente sobre el meridiano que antaño, en la división el a Tierra por el Papa Alejandro VI había sido marcado como línea divisoria a las espaldas del mundo. En amplitud de espacio no podía compararse con los otros dos, ni tampoco en su duración a largo plazo, pero como posición era importante: sólo por el hecho de que Japón entrara en el Pacífico como potencia expansiva se cerró por completo el orbe de la tierra política.
El cierre, durante más de 200 años del Japón al mundo exterior, en la época Tokugawa, es un ejemplo grandioso y algo incómodo de cómo un pueblo puede disfrazare con plena salud de cuerpo, voluntad y espíritu, voluntariamente. La muy consecuente evolución espacial anterior a 1636, fue interrumpida, y muchos tentáculos que estaban extendidos se retiraron. Pero la capacidad para husmear los peligros amenazadores y las posibilidades futuras había quedado vigilante en medio de este estado crepuscular. Es como si Japón hubiera despertado también en el momento justo, es decir, en la hora anterior a que los espacios del Pacífico quedaran completamente divididos entre Rusia, los norteamericanos y las potencias europeas. Puede uno preguntarse si fue en absoluto alertado por los disparos del Comodoro Perry, y no simplemente despertado. Costó catorce años de difíciles disturbios internos hasta que fue eliminado el último Shogun, se rompió la estructura feudal, fue incorporada a la estructura del estado la nobleza guerrera de los samurai, y concluyó la polémica entre los "expulsores de los bárbaros" y los "abridores del país". También la era Meiji (la era de la "ilustración") está llena, al principio, de durísimas luchas de clases grupos y partidos, y más tarde, de clases económicas. Sin embargo, tiene en conjunto un sentido claro y unívoco. Significa una auténtica decisión de futuro, es decir, la decisión de renovar el imperio sobre el arcaico centro del trono, importar a él de todo el mundo los medios de la ciencia y la técnica moderna, y emprender la lucha con las potencias mundiales del espacio del Pacífico. El número de la población, que durante la época bisecular de aislamiento había permanecido constante, se convierte en un desarrollo de la bola de nieve, de locura; en el plazo de sesenta años pasó del doble. Las energías latentes, de repente y por completo se transforman en acción aguda, de manera que se puede casi sentir corporalmente la decisión de recuperar siglos.
A esto se suman las acciones políticas en que a lo largo del gran arco insular es conquistado el gran imperio, no con el excedente libre de la fuerza del pueblo, sino que son realizadas a costa de ella, con grandes sacrificios y privaciones. El denso campesinado ha soportado solo la carga delos tributos durante largo tiempo, hasta que la industria y el comercio tomaron su parte. La industrialización de la metrópoli es casi sólo una salida; se exportan mercancías porque no es posible exportar hombres. Faltan las más importantes materias primas; sus depósitos han de ser pagados con sangre. Quizá la presión de la población tiene que tomar el camino de la emigración clandestina porque el camino de la colonización está cerrado; pero contra los inmigrantes inasimilables se defienden con empeño los países de emigración. Se demuestra claramente que Japón ha llegado justo antes del último reparto, pero con mucho, muy tarde. en algunos puntos, hasta demasiado tarde, como en las deseadas islas del Sur. Después de algunas victorias, Japón sintió que los otros que esperaban le arrebataban la recompensa, así, en 1895, en Shimonoseki y en 1905, en Portsmouth. Además, hasta finales de siglo, está bajo el handicap de los tratados desiguales, que limitan su soberanía judicíal y su autonomia económica. La dirección de la expansión ha de ser cambiada continuamente, y ha de aprovecharse toda tensión entre las potencias mundiales rivales. Ya la guerra con China y, sobre todo, el audaz ataque a Rusia, fueron posibles sólo por la cobertura británica. Todo esto ha dado a la política japonesa aquella tenacidad en sus objetivos y aquel carácter de salto de tigre sobre su presa, que a veces resulta incomprensible para una conciencia europea. Las desilusiones no sólo se las tragan, sino que las transforman en energía. De deseos reprimidos sacan su voluntad.
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