Este sentimiento percibe no sólo el espacio inmensurable, que no puede ser atacado porque devora a todo atacante. No percibe tampoco sus fuentes de energía y su vida no gastada, sino que nota su alma insondable, que no ha sido sorprendida por Europa, ni apresada por la razón, ni sofocada por la civilización jamás, a pesar de haber absorbido codiciosamente las tres cosas. Rusia se europeizó con toda la falta de reservas con que toma sus decisiones; Pedro el Grande, a quien los piadosos llamaban el Anticristo, es la figura simbólica de ello. ¿Pero aquello y todas la siguientes europeizaciones no son simplemente las convulsiones de su superficie occidental? ¿No es simplemente la forma en que Rusia encuentra al Occidente y se mide a su gusto con él, quizá sólo su defensa? La ilustración europea, las ideas de la revolución francesa, el liberalismo del siglo XIX, el progreso técnico, el socialismo de la lucha de clases; todo esto no ha ido sólo a batir como olas sobre Rusia, sino que ha penetrado y ha sido tomado terriblemente en serio, tan en serio que todas las reservas, relativismos y soluciones intermedias con las que el espíritu occidental se guarda de sus propias verdades, desaparecieron por completo. No hay ninguna verdad que no exigiera ser realizada, ninguna tranquilización de la conciencia sin sacrificio propio, ningún miedo a la destrucción y el caos, y ates bien, una inclinación hacia él. Pero este radicalismo no es otra cosa que el ascua en la que las ideas occidentales se fundieron en el alma rusa. Un alma que cree en la positividad del aniquilamiento, y que como define Dostoievski, ve cerca el fin del mundo, no puede mantener como tales los conceptos europeos de orden y los pensamientos finalistas, ni siquiera concebirlos así; ve y busca en ellos sólo la llama para alimentar el calor de sus propias ascuas. También en este caso el tono propio del continente extraño fue perceptible por primera vez para el Occidente en la literatura. La gran novela rusa hizo el efecto de una revelación, y todos los occidentales que lo consideraron, no como una pura sensación de literatura, sino como documento de una nueva realidad, comprendieron en seguida que era la revelación de un abismal ajeno.
La comparación de la imagen en el espejo falla aquí de manera todavía más evidente que en el caso de Norteamérica. En el suelo virginal de las colonias americanas, los conceptos y las realidades europeas sólo son en conjunto transformadas, rejuvenecidas, aligeradas, desnudadas de circunstancias trágicas, y así se presentan como nuevo mundo al Occidente. Rusia, por el contrario, no sólo conjuga los modelos europeos, sino que los absorbe en su alma, los echa lejos de sí como energías propias, de manera que quedan iguales casi sólo las palabras, y los vuelve contra el Oeste. Cuanto más occidentalmente piensa y habla, tanto más rusa se siente y es, y la europeización se pone por encima de Rusia sólo como luces de antorcha. De la teoría de las crisis y de la lucha de clases del capitalismo europeo, ha hecho la realidad el estado soviético y el grito de alarma de la revolución mundial bolchevique. Igualmente importante es que haya hecho de la amplitud infinita del imperio de los zares un modero instrumento de poder con sistemas de comunicaciones, concentraciones industriales, depósitos de material, escuelas populares y ciencia aplicada, y de las masas humanas de Asia, el ejército rojo. Si ha ocurrido en alguna parte, es aquí, en este lugar de la Tierra, donde con los medios que inventó el siglo XIX ha sido toda una parte del mundo transformada en una potencia del siglo XX.
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