Sin duda es la soberanía del príncipe la pieza principal del orden augústeo. Esta soberanía no es tal, sino una magistratura y una dignidad, pero tan cargada de disponibilidades políticas y de medios de poder militares, que continuamente tenía que frenarse a sí misma para no convertirse en una monarquía absoluta. Este principado que establece al primer ciudadano como ciudadano y magistrado en la república, pero no lo enlaza con la estirpe de los dioses, sino después de su muerte, luego lo eleva a dios siendo aún cuerpo viviente. Fue convencimiento general en la época de Augusto que el mantenimiento de la paz y el cuidado del Imperio hacía necesaria para el Imperio la monarquía. Livio, el pompeyano, que es entusiasta de la república y designa como héroes a los asesinos de Julio César, no estima en poco, sino que sopesa el conjunto de la historia de roma cuando ante la grandeza y pluralidad del Imperio da la preferencia a la monarquía. Desde luego, el humor varía en todos los grados: desde los que divinizan al salvador, restaurador de la salud y bienhechor, pasando por los que dan la bienvenida al juez sobre la tierra, hasta Tácito, que observa resignadamente que fue interés de la paz que todo el poder pasase a uno sólo.
Cuando Augusto, en el año 27, cedió voluntariamente sus poderes extraordinarios a la mesura del senado y del pueblo, y tres días más tarde volvió a recibirlos voluntariamente en medio de una comedia que hoy tildaríamos "de república bananera", no fue sino para legitimarse aún más ante la ciudadanía, dado que él no era un ídolo de los soldados, como Mario o César, y porque en la voz de las legiones que eran un ejército de ciudadanos romanos, resonaba sin falsear la voz del pueblo. Había que dejarle las cosas claras a la milicia.
Pero aún había más: la continuidad de la historia de Roma dependía de que la nueva Roma fuera edificada sobre los cimientos de la antigua. Tácito piensa que el emperador es elegido por decisión del senado y con la aprobación de los soldados. Para hacer honor a la verdad histórica, se debe invertir esta fórmula; ya la historia de las primeras elecciones imperiales lo demuestra. Pero, en todo caso, según el derecho, el senado concede al nuevo príncipe los poderes que Augusto tuvo, y este derecho es guardado por ambas partes. Aunque Calígula, Nerón, Vespasiano, Domiciano, luchen contra el senado, lo opriman e injurien, su dignidad se mantiene y constituye una parte esencial de la dignidad imperial que mantenga como el más noble entre los nobles, como un primun inter pares, la plenitud de su poder, pero dentro estrictamente de las viejas formas. Desde luego, ya en el siglo I, y sin duda después de los nombramientos senatoriales que hizo Vespasiano, ya no es el antiguo senado. Las familias de la vieja nobleza están extinguidas o han sido sangrientamente extirpadas; Tácito lo ha registrado con la mayor exactitud. Una nueva nobleza senatorial se crea por los emperadores, con la aristocracia de las ciudades itálicas y de las provincias del Occidente más fuertemente romanizadas. El senado del siglo II tiene de común con el que Augusto halló y que ya modificó con muchos ennoblecimientos sólo el nombre. Latino es todavía, pero apenas romano en cuanto a su origen. Pero en el espíritu es romano: un gremio de funcionarios experimentados, hábiles generales, con experiencia en la administración del Imperio.
En esta forma modificada el senado pertenece -pieza renovada de la antigua Roma- a la monarquía ilustrada de los Antoninos, que colaboran en el gobierno libres y no esclavos ni súbditos, aunque obligados al Imperio y cuidadosos de su salud política, ya basta de por sí para diferenciar claramente el principado de la monarquía, el despotismo y la tiranía y para incluirlo dentro del concepto antiguo de libertad y en el romano de res pública. La filosofía estoica ha formulado, después de haber muy a menudo hecho resistencia de parte del senado, la distinción entre monarquía y basileía, entre despotismo oriental y libertad greco-romana, como un programa. Lo hizo, por lo menos, desde Trajano, no ya como carácter opositor, sino como norma, y halló el principado de los Antoninos acorde con la norma. El emperador no es ningún dominador por la fuerza, sino representante de la comunidad, no es señor del Estado, sino su primer servidor; su poder no es un derecho, sino una obligación; su heredero no es su hijo, sino el mejor de la clase senatorial a quien él adopta. Esto es más que una filosofía dispuesta al servilismo; es la imagen según la cual se comprendieron los grandes emperadores del siglo II a sí mismos, a Roma y al Imperio.
Al mismo tiempo, avanza, también en este siglo, continuamente, la evolución que convierte al emperador en monarca y al principado en monarquía militar. Augusto debe de haber contado de alguna manera con esta evolución, no hasta el final de ella (lo cual no le es dado a ningún hombre), pero, desde muy lejos. La plenitud de poder que poseyó al fin de su gobierno de cuarenta y cinco años, no la tuvo desde el principio, aunque seguramente la poseyese ya entonces ante sus ojos. Por consiguiente, ya en este aspecto, pero sobre todo por su larga perspectiva, está su principado fundado en el futuro.

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