Inglaterra es, en primer lugar, el país clásico de la huida del campo, de la desertización de las aldeas, de la miseria de los trabajadores y del estrépito maquinístico. El jacobismo de los otros es un modelo que espanta y sirve para endurecer a los poderes que dominan. No se puede celebrar sentido social ni en el duque de Wellington ni en los whigs que se convierten en exponentes parlamentarios de los intereses de las fábricas. Sólo la presión del movimiento cartista obligó a los dos grandes partidos a tomar noticia de que el "Gigante Trabajo", del que Carlyle había predicado, llevaba tras de sí una gigantesca cuestión social. Aquí tendríamos un caso en que la lucha de clases, y precisamente la que amenaza, causó la decisión política que la transforma en positiva, o en todo caso, influyó en ella.
Entre los partidos surgieron hombres excelentes e infatigables que llevaron el problema social por el camino de la reforma filantrópica, del apoyo patriarcal, del equilibrio mediante acuerdo, de la obligación religiosa. En seguida las exigencias de los obreros se formulan de manera muy sobria y positiva, mientras el derecho electoral se va extendiendo y se reforman los estratos medios e inferiores de la administración. Una masa que estuviera excluida de la nación sin esperanzas y que pudiera convertirse en peligrosa para ella, no surge, porque la nación se determina como sociedad que elige para el Parlamento y porque logra conectar el movimiento social con este estilo de la vida nacional. Edmund Burke tuvo, por consiguiente, razón cuando opuso a la mala libertad de los derechos del hombre la buena libertad de los estamentos y de la constitución, y contra la teoría de Rousseau realizada revolucionariamente, la realidad de la vida inglesa. No se trata de que la vieja Inglaterra, que llevó a Napoleón a su caída, quedara incontaminada de todo; antes bien, estaba en medio del cambio; la revolución industrial había surgido de ella. Pero la nación se demostró que era apta para hacer valer lo que Burke llamaba "sus principios de guía" también contra las nuevas potencias que en ella habían surgido, y ello no de modo reaccionario, sino conservador. Iba ampliando sus instituciones muy cautamente de caso en caso, y de esta manera sujetó a su manera al "Gigante Trabajo".
Esta hazaña conservadora no hubiera podido lograrse sin el brillante impulso de la política universal de Inglaterra, para la cual la separación de las colonias americanas formó el fondo oscuro, pero también el impulso moral, y cuyas primeras etapas -la adquisición de Australia, el Cabo y La India- coinciden con los años en que Napoleón echó por tierra a Austria y a Prusia. No hubiera podido lograrse si el imperio naciente no hubiera proporcionado a la industria las materias primas, tras las que estaban los salarios baratos de los trabajadores de otras razas, y los mercados que abría la bandera británica, asegurando con ello a los obreros salarios más elevados. Fue la gran política la que solucionó el problema social; afirmación terriblemente sospechosa. La limitación ahora, aun cuando pudiera tener validez general, a las condiciones del siglo XIX; entonces queda probada inequívocamente por Inglaterra, pero al mismo tiempo indica en todo caso la posición excepcional que Inglaterra ocupa durante todo el siglo.
Una serie de políticos, siempre capaces y favorecidos por la fortuna, y lo que es más, una tradición viva de pensar en partes del mundo, océanos y vías comerciales mundiales, cuida del continuo perfeccionamiento del segundo imperio y ayuda a superar las crisis que también surgen en la historia de Inglaterra. La política universal inglesa no logra absolutamente en todas partes donde interviene éxitos embriagadores, pero sí alcanza, aunque sólo medianamente, ventajas a largo plazo. A veces ocurren eclipses de la voluntad imperial, y hasta descuidos en la política inglesa; pero, en conjunto, la era victoriana, que se extiende durante dos tercios del siglo, es una carrera triunfal de la política inglesa, cuyas etapas se extienden por todo el mundo.
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