Que la unificación política de Italia y la de Alemania están estrechamente relacionadas siempre se ha percibido. Ambas acaecen en un complicado sistema de tensiones respecto de la Francia napoleónica. Muy pronto, después de las victorias de Magenta y Solferino, se demuestra que Napoleón, con su ayuda armada, ha pensado en la expulsión de Austria de la alta Italia, pero en modo alguno en la unidad de la península. La conciencia de que Italia tenía que labrarse ella misma su destino, incluso contra Francia, obtiene desde Villafranca un sentido nuevo y más grave. También Bismarck buscó y obtuvo el respaldo francés. Librarse de él es, a partir del día de Nöniggrätz, la preocupación que lo lleva al borde de la desesperación, el imperio alemán sólo pudo lograrse finalmente en Versalles.
Pues incluso respecto de los movimientos nacionales de sus propios pueblos, ambos hechos políticos están en relación de tensión muy complicada. Aquellos son para estos casi sólo materia prima, a lo sumo ola que sostiene. La decisión política que cumplió las esperanzas nacionales o las desilusionó, pero, en todo caso, abrió el futuro concreto de la nación, está en ambos casos muy solitaria. Los movimientos nacionales, en especial cuando son revolucionarios, suelen ser ciegos diplomáticamente. Pero las creaciones políticas, justamente cuando cambian revolucionariamente el sistema delos poderes existentes, deben ser arrancados a éste con terquedad, deben volver a adaptarse a él artificiosamente y con paciencia y en él deben consolidarse.
El nacionalismo italiano del siglo XIX es, por su contenido de pensamiento y por su temperamento, especialmente agitador. Mazzini es el maestro de todos los conspiradores contra un dominio extranjero, el más creyente de todos los creyentes que apelan de los diplomáticos al pueblo. Este nacionalismo italiano va a través de todas las capas sociales, desde la choza hasta la poesía y la ciencia: Herder y Saint-Simon, jacobinismo y romanticismo, están enlazados en él. Pero, en modo alguno, es sólo burgués, sino que abarca también a la masa proletaria: el ethos social se mezcla con el fermento nacional como aguijón. Nunca va a dar en sueños y en consideraciones retrospectivas como a veces en Alemania; la unidad de toda Italia, la tercera Roma, en su claro objetivo. Finalmente, no se queda en la teoría, sino que se viste la camisa de guerrillero. Votaciones populares y propaganda de la acción no pueden separarse al pensar en el año decisivo de 1860; las cuadrillas garibaldinas liberan Sicilia y conquistan Nápoles.
Cavour, el diplomático y aristócrata, utilizó este movimiento popular ascendente, que era por naturaleza tan extraño a é como lo era él al movimiento, y no sólo lo utilizó, sino que contó con él como una poderosa realidad, y trabajó políticamente con él. Pero el arte político, firme en la garra con que aprovechaba el momento, y que sabía audazmente intervenir y ceder, lo puso él, y él sólo. Por encima de todas las diferencias abarcables es un paralelo de Bismarck que en ambos casos decisiones nacionales que aparentemente estaban aseguradas en la determinación del pueblo hasta la desesperación, fueran llevadas a cabo, casi hasta el borde del suicidio, por hombres individuales, y hubieron de ser llevadas a cabo: de otro modo, jamás e hubieran convertido en historia.
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