EL IMPERIALISMO EUROPEO DEL SIGLO XIX (II)

No sólo en cuanto a la técnica, sino también en cuanto a su sentido, hay entre la expansión europea del 1500 y la de la época victoriana un verdadero cambio en el Occidente, es decir, toda la historia de la razón ha pasado de su altura meridiana hasta su fin, y tanto los descubrimientos geográficos como las conquistas coloniales de nuevo estilo, son materia de materia, espíritu de espíritu del siglo XIX.  La finalidad de atraer toda la tierra a la cristiandad se ha desvanecido hace tiempo.  El nuevo evangelio de la misión universal de la civilización de Occidente y de "la carga del hombre blanco" se formula por primera vez a mediados del siglo XIX en la figura de Inglaterra, pero después, con disfraz religioso, se convierte en poderoso impulso de la voluntad imperialista. Pero todavía más profundamente actúan otro impulso y otra necesidad.  Cecil Rhodes la formula en la frase: "El espacio lo es todo".  Los primeros descubrimientos eligieron de la tierra audazmente navegada las piezas más valiosas.  Ahora son recorridas íntegramente las partes del mundo, y sistemáticamente ocupadas.  Naturalmente que él no se refiere sólo al espacio como tal, sino al oro, los diamantes, las materias primas y las fuerzas de trabajo que guardan. Pero siempre actúa también la ley del espacio.  Eslabones intermedios se adquieren por ataque directo o por toda clase de rodeos.  Enlaces marítimos son establecidos mediante bases para la lota.  El imperio británico es el caso máximo (y sigue siendo el único realmente grande) de un imperio universal en mano europea, que aun con todo lo casual de sus partes es un espacio total con vías interiores, y en sus partes principales incluso una entidad política con sentido unitario y una historia propia.
No hay en toda la historia universal, en su dimensión y duración, una expansión más fuerte que la de Europa en el siglo XIX (restos de épocas anteriores que se conservan hay que añadirlos a esta cuenta).  Su sujeto son los estados europeos, cada uno por sí y por propia iniciativa, pero, sin embargo, en mutua colaboración y antítesis; este pluralismo ha de ser siempre incluido en el concepto de Occidente, y así es el Occidente sujeto de aquellas.  Los colores europeos se extienden por toda África, Asia del Sur, Australia, el mundo insular de la India y del Pacífico, mientras que el doble continente americano, al Sur del paralelo 49, se emancipa hasta los últimos rincones.  El Occidente se encuentra en todo el mundo a sí mismo.  Todas las fronteras europeas se repiten bajo cielos extraños, y se establecen incluso fronteras que en Europa no existen: anglo-italiana, franco-portuguesa, anglo-holandesa, anglo-alemana.  Las complicaciones de los intereses europeos, sus conflictos, pero también sus fricciones, aumentan continuamente.  La expansión europea no es inmediatamente universal, incluso tomando en cuenta todas las esferas de influencia indirecta y las relaciones de soberanía encubiertas.  Grandes espacios -con África los mayores entre todos- mantienen o despliegan entonces por primera vez su ley propia, a la que corresponde una expansión interior propia y la formación de unidades políticas de dimensión universal.

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