Sin embargo, la historia del imperialismo modernos es en un sentido bien definido un tema europeo. El Occidente actúa en él como sujeto de un movimiento sin respiro, que abarca toda la tierra y atrae hacia sí todas las energías. En sus depósitos carboníferos y sus concentraciones humanas fue inventada la gran industria que ataca las materias primas y los productos del mercado industrial. Londres es el centro principal de este proceso planetario, hasta que es superado por la ascensión de Nueva York, y en las otras capitales y grandes ciudades industriales del Occidente tiene sus centros secundarios. El maquinismo se demuestra que es medio de dominación de categoría universal, no de otra manera que en los milenios anteriores el arma de hierro, el caballo, el barco para navegar por el mar. Actúa victorioso dondequiera que aparece. Descubre la lejanía y la sujeta a aquél que la alcanza primero. Rebaja a todos los países y pueblos que no lo poseen, sin ningún respeto a su antigüedad y riqueza, a su categoría histórica.
Pero aquel medio de soberanía puede también ser imitado aceptado, e incluso superado, ciertamente que no por todos, pero sí por aquellos que reúne los elementos necesarios y toman la decisión de ello. La proposición "el Occidente se encuentra a sí mismo", como hasta aquí la hemos pensado y aplicado, era relativamente inofensiva; significaba sólo la expansión de Europa y de sus conflictos hacia espacios lejanos. Pero adquiere ahora una segunda significación, fatal para Europa. El imperialismo de las potencias europeas en el siglo XIX se basaba en un monopolio industrial, esto es, en la unicidad de la exigencia europea de carbón, de obreros blancos y del espíritu técnico, que había surgido en el alma occidental bajo las más raras envolturas de piedad y audacia, de razón y moral. ¿Cómo, entonces, si no es este espíritu con todas sus raíces y presupuestos, pero sí sus instrumentos elaborados, podían ser conquistados por otros y trasladados ciertamente a más ricas existencias de recursos materiales, a más numerosas poblaciones, a mercados más amplios? Carbón hay en muchos lugares de la tierra. Las máquinas inventadas por Europa se habían entre tanto convertido en tan buenas, que la mayoría de ellas podían ser utilizadas por hombres que nunca habían fundado instituciones para inventarlas.
Este proceso de alejamiento de la industria de Europa se evidenció desde el final del siglo XIX, y la primera guerra mundial lo favoreció marcadamente. Distritos industriales de gran potencia surgieron en el Japón, en China, en América del Sur, en Sudáfrica, en Java. Todos trabajaban con la insuperable ventaja de los salarios bajos. Los Estados Unidos y Rusia ocupaban una página especial; de ellos hablaremos pronto. No es que los países originarios de la industria europea se hubieran quedado atrás o hubieran decaído; estaban en el grupo puntero y mantenían el ritmo. Pero la nueva situación estaba ahí: el Occidente productor, exportador, imperialista, se encontraba a sí mismo por todas partes, o más bien, encontraba por todas partes a los demás, pero estos se habían puesto en posesión de los medios de soberanía de la época industrial, y en esa medida el Occidente se encontraba a sí mismo. Los procedimientos altamente tecnificados, que desde hacía cien años reclamaban manos blancas, eran ejercidos por manos amarillas, negras y morenas. El monopolio europeo estaba roto.
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