ESTADOS UNIDOS COMO NUEVA POTENCIA MUNDIAL

"Nuestra confederación", escribía Jefferson en el año 1786, "debe ser considerada el nido desde el que hay que poblar toda América". Esta consigna fue cumplida, primero, por exploradores que se lanzaron a las tierras salvajes; después, por colosales oleadas de hombres emigrantes; luego, por toda la nación.  Ya en la apertura del medio Oeste apresuró el ritmo de la conquista el barco de vapor, y desde 1836 el ferrocarril.  Las vías férreas son introducidas en la pradera y en la selva virgen; a los medios de comunicación siguen las colonizaciones; "hacia adelante", dicen los picos con sus golpes.  La competencia de los estados del Norte y del Sur por la paridad de la Confederación aumenta el afán de expansión.  Todavía antes de mediados de siglo se llega a la costa del Pacífico.  Las resistencias -en el Sur, la española, la francesa o la inglesa; en el Oeste, la inglesa y la rusa- son rápidamente superadas.  El conjunto produce el efecto de un proceso natural, pero no de fuerza popular desbordante, no de presión instintiva de hechos, al modo de las migraciones de pueblos, sino de individuos valerosos aislados, que más allá de las fronteras actuales buscan su oportunidad, y con ello se convierten en adelantados de la civilización, ponen tal proceso en marcha, que la política apresura con rápidas decisiones. La técnica moderna, que en los países europeos sólo hace más intensa y elaborada la vida preexistente, aquí actúa de una manera inaugural, excitadora; además de los medios de tráfico con máquinas, el invento de la telegrafía.  Proceso natural, ciertamente, pero íntegramente americano; con su habilidad para los negocios, su energía emprendedora, su fuerza de organización política, en menos de medio siglo fue llevado a través de 40.000 kilómetros hasta su objetivo establecido por el planeta mismo.
Los Estados Unidos se convierten al avanzar hacia el Oeste, de vecinos de Europa en un continente propio entre dos mares y dos campos de tensión en la política mundial; de retoño del mundo anglosajón en ser histórico original.  El concepto admitido de un "círculo cultural europeo-americano" no debe engañarnos sobre el hecho de que todos los elementos que aquí y allí son comunes, en ambas partes, tienen un sentido muy distinto desde el principio, o han ido adquiriéndolo con el tiempo.  Con realidades como pueblo, democracia, constitución, ya hemos podido comprobarlo; el proceso formativo de la nación política ocurrió allí de manera completamente distinta que en cualquier parte del antiguo continente.  Y esto se aplica también a realidades como el aumento de población en el siglo XIX, la industrialización, la atracción urbana, las formas superiores y tardías de la economía capitalista.  La población de la Unión sube de 1790 a 1890 de cuatro a más de sesenta y dos millones, y después todavía se duplica en unas décadas más.  Naturalmente que esto no es un crecimiento interno desencadenado al modo de los países industriales europeos, sino la inmigración de los que quieren subir, los que buscan fortuna, los perseguidos políticamente, los fracasados y los que comienzan de nuevo de toda Europa.  El cuerpo industrial, que en los países europeos es una formación secundaria de la propia sustancia popular y sobre cimientos históricos, surge en Nporteamérica, como todo lo demás, también como empresa abstracta sobre suelo libre.  Se podría decir que lo ha forzado más la fabulosa riqueza material del suelo que la presión demográfica.

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