EL IMPERIO DE CARLOS V (I)

En aquella situación intermedia del humanismo se detienen hasta entrado el siglo XVII todas las estructuras y las relaciones políticas.  A esto corresponde el régimen policíaco y paternal de los príncipes territoriales alemanes, y además la forma sumamente personal en que solía ser llevada la Contrarreforma, como también el tremendo dramatismo de las guerras de los hugonotes, con noches sangrientas, asesinatos de príncpies y cambios sorprendentes de bando.  La cadena de estas guerras de religión en Francia, el tema de María Estuardo, como todavía la guerra de los Treinta Años en Alemania, no sólo se desarrollan como tragedias políticas, sino también como tragedias humanas.  todos los amplios planes para la pacificación de las dinastías en lucha y para la ordenación del espacio europeo, toman entonces la forma de bien calculados enlaces matrimoniales y de cambios de territorios; casi tardó dos siglos que el arte diplomático de los gabinetes europeos se convirtiera realmente en una técnica de alianzas y compensaciones puramente políticas.  ¡Qué complicados sistemas de alianzas matrimoniales alternativas ha andado Carlos V, siempre calculando para resolver su rivalidad con Francisco I atrayéndose a Inglaterra, o para fortificar la prepotencia de la casa de Habsburgo, y qué gigantescas posibilidades ofrecieron algunas de aquellas, por ejemplo el matrimonio de Felipe, el heredero del imperio español, con la reina María de Inglaterra, en el año 1554!
Realmente Carlos V no sólo es el príncipe más poderoso, sino también el hombre más importante que por primera vez abarca toda la tierra, y sin embargo permanece dedicado a las angustias de la cristiandad occidental, la época del Renacimiento en su plenitud halló su expresión auténtica.  Borgoña y España, el imperio y la Iglesia, la dignidad del Imperio y el maravilloso destino de la casa de Habsburgo, componen la plenitud de su naturaleza; sólo como un lustre está sobre el poder suplementario, que presta la riqueza de los países lejanos, y sólo como un presentimiento, y por eso todavía de una manera muy creadora y sin métodos forzados, se despierta en sus proyectos el pensamiento de que Europa debe ser ordenada de modo permanente como un sistema polimembre de potencias, quizás hasta de cuerpos políticos nacionales, mediante la razón política, a la que, desde luego, corresponde esencialmente también la fuerza, y esto por causa de aquélla misma y por causa de la cristiandad.
No hay duda de que Carlos V con las conversaciones religiosas entre las confesiones en disputa ha sido terriblemente serio.  Cristóbal Amberger ha representado a este joven de treinta y dos años en esta postura: el libro en la mano, la mirada tensa y dirigida a los bandos.  Lenta y tardíamente se decide a proceder con la fuerza de las armas contra los herejes en el Imperio.  Ello es ciertamente cosa de su ritmo personal, pero en este caso se siente madurar la decisión como un proceso orgánico en su piedad según la Iglesia tradicional y en su conciencia imperial.  Pues también la idea del Imperio la tomaba completamente en serio, y el más importante contenido de ella era para él la soberanía protectora sobre la Iglesia.  El pensamiento de un concilio general para la renovación de la Iglesia y la eliminación de la herejía fue para Carlos V, no sólo un instrumento táctico, sino siempre un empeño íntimo  También estuvo este emperador, el último que un Papa coronó (hasta Napoleón), empeñado toda su vida en la reforma del Sacro Romano Imperio, no sólo para reforzar el poder de los Habsburgo, sino también para volver a dar al Occidente un fuerte centro.  que el Imperio tuviera una estructura federal estaba decidido antes de él por la evolución de los últimos siglos, pero que podía seguir siendo una unidad y bajo la dirección del emperador parecía que aún no era cosa a que hubiera que renunciar sin esperanza.

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